El neopuritanismo en la fotografía

Un movimiento se extiende en la fotografía y el arte: borrar todo lo que incomoda, mostrar solo lo “agradable”.
Ocultan la cara B y maquillan la A, levantando una ilusión que no existe.

Dicen que no es políticamente ni éticamente correcto mostrar lo crudo, y con esa excusa discriminan cualquier cuerpo, gesto o vida que no encaje en su estética prefabricada.
Pero, ¿acaso si las pinchan no sangran?

Se escandalizan con una cicatriz, pero aplauden miles de selfies clónicos en redes, imágenes huecas que nada cuentan de los barrios ni de la vida real.

Los que predican pureza carecen de valor y talento para mostrar la realidad sin barniz. Se refugian en discursos vacíos, respaldados por instituciones cómodas, incapaces de arriesgar.
Pretenden controlar el relato para instalar su ilusión optimista, como un romance de verano, donde importa más el discurso que la obra en sí —véase la posfotografía.

Pero el arte no es una postal limpia.
El arte es sangre, sombra y verdad.

¿No es ese el ejercicio más necesario?

No olvidemos que Susan Sontag criticó con dureza a Sebastião Salgado y Diane Arbus —nada más y nada menos—.
Basta con rascar un poco para entender por qué.

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